Hacia una revolución liberal-conservadora (I)

Nada volverá a ser lo que era. Estamos superando paulatinamente una de las crisis más duras de la historia, que ha devastado nuestro sistema económico y ha herido nuestro tejido social. Hemos vivido un huracán financiero que ha revelado fallas importantes en nuestro modelo económico. Ahora que ha pasado el grueso de la tempestad, no podemos limitarnos a procurar que las cosas vuelvan a su antiguo estatus. La crisis debe ejercer también un efecto catártico y es una potente llamada a mejorar lo que no funcionaba. Las causas de la crisis son múltiples y sus responsables, diversos. En estas líneas no pretendo realizar una nueva radiografía de la crisis ni una propuesta de regeneración del modelo económico. Me propongo sugerir, en cambio, algunos ejes para unas políticas sociales más justas y eficientes en el futuro.

Uno de los pocos efectos positivos del torbellino vivido es que la mayoría de europeos nos hemos percatado del peligro que comportan unas políticas de gasto descontrolado y de endeudamiento permanente. Al fin y al cabo, en política hay que aplicar los principios de sentido común que rigen nuestra vida cotidiana. Cuando una familia ve recortados sus ingresos, ajusta inmediatamente sus gastos. Si una empresa pasa varios años en números rojos, saltan todas las alarmas, pues aparece como inviable. ¿Por qué tiene que ser diferente la administración pública? ¿Quién nos autoriza a los políticos a prevaricar con el dinero de los ciudadanos y a entrar en dinámicas insostenibles de endeudamiento?

Lo que la izquierda oculta habitualmente con su crítica demagógica al austericido es que si no tuviéramos que pagar unos intereses de deuda tan altos podríamos destinar mucho más dinero a políticas sociales. El principio, además, parece de cajón: si uno no quiere depender de los “pérfidos” mercados, lo mejor que puede hacer es no echarse en sus brazos pidiéndoles dinero constantemente. Cabe añadir, además, que la dinámica del endeudamiento es claramente insolidaria. Bajo su aparente talante expansivo se esconde una lógica perversa: subordinar el bienestar de las generaciones futuras a los intereses de los ciudadanos actuales.

Pero el triunfo del principio de equilibrio no implica ni debe implicar el desplome de las políticas sociales. Es aquí donde debemos caminar hacia un nuevo paradigma. El estado de bienestar que hemos conocido y practicado en Europa es difícilmente sostenible a no ser que tomemos medidas activas para garantizar su viabilidad. La primera de estas medidas es, a mi modo de ver, la reducción de la administración pública y la supresión de gastos superfluos. Algunos proponen salir de la crisis con más Estado. Pero lo que necesitamos es precisamente lo contrario: más libertad y más sociedad. Requerimos una sociedad más viva, menos dirigida e intervenida. No es razonable subestimar constantemente a los ciudadanos. Ellos saben bien cómo organizarse, cómo levantar un negocio, cómo dirigir una escuela. No necesitan la batuta constante de una administración paternalista e hipertrofiada. Esta revolución de la estructura política es imprescindible, aunque requiere unos años de transición.

El adelgazamiento del entramado burocrático debe ir acompañado, por otro lado, de una fuerte política de promoción de la natalidad. Europa se muere. Se muere en el sentido literal, pues las tasas de fertilidad no garantizan la reposición generacional. ¿Quién pagará las pensiones de nuestros mayores si cada vez somos menos jóvenes trabajando? ¿Quién sustentará el edificio de la sanidad pública si las cotizaciones a la seguridad social son cada vez más escuálidas por la reducción de la población? Desde hace años, muchos países europeos llevan a cabo una política natalista activa. En España, la jaula mental de los viejos prejuicios ha apartado este tema de la discusión pública. Son perentorias, pues, políticas inmediatas de apoyo a la familia y planteamientos audaces para la conciliación de la vida laboral y familiar de hombres y mujeres. No es una cuestión de valores. Es una cuestión de números.

Una vez liberado parte del gasto público en intereses de la deuda y en burocracia innecesaria; una vez garantizada la savia de la recaudación con mayor volumen poblacional, podremos hacer una verdadera política social. El Partido Popular debe ser la formación que defiende con más firmeza el gasto social eficaz y emancipador. Porque la política social no puede consistir fundamentalmente en una amalgama de ayudas y subvenciones para parchear situaciones complicadas. La política social debe pivotar sobre dos ejes principales. Por un lado, el impulso inequívoco de la igualdad de oportunidades, de tal modo que el código postal en el que nace una persona no determine su futura evolución social. Por otro lado, la creación de una red de atención que apoye con eficiencia y humanidad a quienes pasan por trances vitales difíciles como la enfermedad o el paro.

La igualdad de oportunidades viene garantizada por un sistema político, económico y jurídico transparente y estable, con normas claras. Pero la piedra de toque para la igualdad de oportunidades es la educación. Por eso era tan necesaria la reforma de nuestro sistema educativo, por eso es imprescindible un apoyo más cercano a los maestros y por eso es fundamental aumentar estos próximos años la partida en educación. Una educación como servicio público y universal que puede ser prestado con la misma eficacia por centros de titularidad pública o concertada. Del mismo modo, tenemos el deber moral de garantizar un buen sistema sanitario, donde todas las personas reciban atención independientemente de su estatus económico. Muchas personas que han pasado por el sistema sanitario español y han sido tratadas de enfermedades graves reconocen que es uno de los mayores orgullos de su país.

Al fin y al cabo, lo que estoy proponiendo es centrar el gasto público en lo esencial (educación, sanidad y prestaciones por desempleo) y liberar, en cambio, gastos innecesarios. Todo ello, dando mayor protagonismo y libertad a la sociedad, rebajando la presión tributaria sobre la economía productiva y las rentas del trabajo. Las crisis son vendavales que nos dejan desarbolados y sufrientes. Pero son, también, oportunidades para remozar estructuras anquilosadas y para levantar un país y una sociedad más libre, más humana y más justa.

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