El sentido épico de la política

Verano de 1933. Cataluña se encontraba inmersa en la celebración del centenario de la Renaixença y Esquerra Republicana saboreaba una hegemonía política casi completa en el Principado. Uno de sus principales ideólogos, el historiador Rovira i Virgili, publicó un artículo llamativo con motivo del jubileo del renacimiento cultural catalán. El intelectual recordaba los vínculos entre política y poesía. Según su interpretación, la revolución era fruto de la poesía. Para el historiador nacionalista, los políticos habían de ser los realizadores de los horizontes dibujados por la épica. “El verdadero renacimiento de una nación es, en realidad, un hecho de poesía. Y los realizadores del sueño lírico, es decir, los políticos, han de tener muy presentes y han de honrar con dignidad los orígenes poéticos y espirituales de la fuerza impulsora que rehace las naciones deshechas y levanta a los pueblos caídos” (La Humanitat, 29.VII.1933).

Este deje poético recorrió la actividad y los discursos de los principales dirigentes de ERC a lo largo de la Segunda República. De hecho, su periódico oficioso, La Humanitat, rezuma también un notable tono lírico. Sus editoriales eran, a menudo, chispazos literarios. El periódico oficioso de la Lliga, en cambio, utilizaba un registro más contenido. La Veu de Catalunya estaba escrita con un tono culto pero austero. En el fondo, esta diferencia estilística revela actitudes de fondo distintas. Es cierto que en la posición y los discursos de los dirigentes de la Lliga había pasión nacional y emoción política. Pero esta pasión se veía siempre tamizada por un aire tecnicista, por una cierta comprensión profesional y racional de la política. En la actitud de los dirigentes de ERC es posible identificar con mayor intensidad una concepción de la política romántica, épica y mesiánica. Sus postulados parecen verse dominados a veces por la retórica, por la literatura o por la poesía. Para los líderes catalanistas republicanos, la política no consistía en una técnica. Era, más bien, una pasión vital, una pasión transformadora del mundo; un “pathos” que parecía incentivado por la mística de las masas, por la experiencia reciente y fascinante de las congregaciones masivas y enardecidas.

Son los mismos nacionalistas republicanos los que confiesan esta inclinación romántica. En un discurso en Borges Blanques, en mayo de 1934, Lluís Companys reconocía la contradicción que sentía entre sus pulsiones y su responsabilidad. “Nos hemos pasado la vida haciendo una campaña, una propaganda revolucionario y subversiva plantando cara y en contra del impúdico régimen monárquico imperialista. Y de pronto, poseídos de este temperamento inquieto, de esta íntima inquietud romántica de querer ir siempre más allá, nos encontramos en funciones de Gobierno. Es una tortura, porque querríamos ir más allá, porque nos empuja, no solo nuestro pensamiento doctrinal, sino el romanticismo de nuestra vida (…) y para no producir un desequilibrio contraproducente y catastrófico, el deber de Gobierno nos obliga a medir nuestros pasos” (La Humanitat, 15.V.1934). Este discurso no era una excepción aislada en el mundo republicano catalanista. Unos días antes, en un acto conmemorativo del líder sindicalista Francesc Layret, el líder radical-socialista Marcelino Domingo había remarcado el impulso romántico que impelía a la izquierda de Cataluña. “¿Qué habría hecho Layret en la hora actual? ¿Sabéis qué habría hecho? ¡Luchar! Luchar por con ese gran espíritu suyo para la realización de sus ideales nacionalistas. Nosotros vivimos sujetos a las pasiones románticas, y debemos luchar. Los matices y los convencionalismos sociales nos atan, pero ¡lucharemos! “ (La Humanitat, 3.V.1934).

Al fin y al cabo, los líderes nacional-obreristas seguían de cerca los pasos de Salvador Seguí, el sindicalista barcelonés al que tantas veces apelaban. Años antes, el Noi del Sucre había proclamado la futilidad de la vida si no se cubría de una misión heroica: “la vida no tiene ningún interés sin un sentido heroico y sin un objetivo ideal. Embriagarse de materialidad, de vulgaridad, de plebeyismo, es algo corriente y fácil; garantiza la vida fisiológica o vegetativa, pero cierra el paso al disfrute del placer que proporciona ser actor y escribir la historia de la humanidad” (La Humanitat, 10.III.1935). Durante el verano y el otoño de 1934, los dirigentes y las bases de la izquierda catalana sentirían constantemente la propensión épica y trágica de ser actores de la historia. Años más tarde, en su magnífica Notícia de Catalunya, Vicens Vives fustigaría con dureza esa actitud. Tras afear al nacionalismo conservador el abandono de su discurso reformista y el olvido del compromiso social, acusaría al nacionalismo progresista de haber dejado “libres los frenos de la rauxa, cobijado en un misticismo mesiánico de corte celtíbero”.

[Estos párrafos son el inicio del artículo “El sentido épico de la política. Esquerra Republicana, la Segunda República y la conmemoración de 1714”, que he publicado recientemente en Claves de Razón Práctica, n.238, enero-febrero 2014. Puedes leer y descargar el artículo completo en la siguiente dirección:

http://www.slideshare.net/fersancos/el-sentido-pico-de-la-poltica

 

 

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