El choque de trenes

vidal

“Cuando la adversidad llama a tu puerta, todos los amigos están dormidos”. Este proverbio polaco resume con bastante exactitud lo que vivió Santiago Vidal el pasado viernes, cuando sus compañeros de partido y de proceso le dejaron caer con un estrepitoso silencio y con una frialdad pasmosa. Esquerra Republicana fulminó a su antiguo héroe y portavoz en el senado con un breve comunicado mientras sus socios antisistema se instalaban sin problemas en la descalificación personal del otrora mártir.

Vidal ya no tendrá que volver al Senado, esa institución que tanto denostó mientras cobraba de ella. Pero su sombra será alargada. Para empezar, sus conferencias han abierto un inesperado atajo a la fiscalía. Pero, más allá, el caso deja cuestiones abiertas. Si lo que afirmaba Vidal es cierto, queda claro que la Generalitat ha actuado al margen de la ley. Si es falso, se confirma que el proceso independentista se nutre de relatos de ficción con los que sus líderes jalean a sus seguidores mientras mantienen el poder. No olvidemos que mientras Vidal anunciaba la independencia inmediata Junqueras explicaba a los inversores que dependeremos del FLA hasta el año 2026.

En cualquier caso, no deja de ser paradójico que hagan morder el polvo a Vidal los mismos que afirman que habrá que romper y superar la legalidad española. ¿En qué quedamos? Si dimite uno, ¿por qué no dimiten todos? Dice un conocido edil de la CUP que “hay que romper los huevos para hacer la tortilla”, pero al que explica que se está quebrando el marco jurídico lo fulminan sin escrúpulos. Todo por la patria.

Hay nubes en el horizonte y el caso Vidal acelera la tormenta. Vamos al choque. Es una pésima noticia. Del choque no puede salir nada bueno. Nunca. Es un horizonte oscuro, porque aumentará el encono y la división en la sociedad catalana. Pero es la estrategia que han marcado los ideólogos del Procés y que verbalizó abiertamente hace meses el coordinador de la CUP, Quim Arrufat. En síntesis, la táctica es tensar al límite la situación para forzar al Estado a una reacción contundente que refuerce la espiral del victimismo y permita apelar a la mediación de la comunidad internacional. La hoja de ruta es cristalina. Lo pagaremos todos los catalanes, porque las convulsiones nunca salen gratis.

Estamos ante una estrategia de confrontación propia de la izquierda radical que ha sido asumida por Convergencia. Artur Mas ha afirmado que habrá que desobedecer. Una parte de las élites catalanas juegan a la revolución. Una revolución alentada desde mesas bien servidas y con aromas de Cerdaña. Han querido divertirse con fuego y el incendio está a punto de hacerse irreversible. Está cerca el choque de trenes. Pero entendamos bien la metáfora, porque puede llevar a equívocos. Los trenes no tienen la misma masa, ni comparten solidez y potencia. El trenecito del populismo nacionalista avanza sin frenos, pero enfrente tiene el convoy de un Estado de derecho con apoyo internacional. El choque no será igual para todos, aunque será malo para el conjunto.

La estrategia es de una enorme irresponsabilidad. A lo largo de la historia moderna y contemporánea de Catalunya, estos órdagos con tintes románticos sólo han servido, una y otra vez, para socavar la personalidad y el autogobierno de Cataluña. ¿Es el choque de trenes inevitable? La niebla densa de la rauxa domina todo el paisaje. Pero debemos aferrarnos a aquel verso magnífico de Machado: “hoy es siempre todavía”.

Hoy todavía podemos dar la vuelta a la situación. Hoy todavía estamos a tiempo de mirarnos a los ojos, de escucharnos las razones, de practicar una empatía honesta, de entender que la concordia es creativa. El Gobierno español ha tendido la mano, aunque nos la quieran escupir, como pasó en Bruselas. Pero el choque del carnero es demasiado fácil. La serenidad predispuesta al diálogo es la mayor muestra de fortaleza y dignidad nacional.  Las crisis son también oportunidades para rehacer los proyectos compartidos.

Me atrevo a decir que la solución al bloqueo catalán no pasa fundamentalmente por “dar más a Cataluña”, sino por implicar muy en serio a la sociedad, a los cuadros y al talento catalán en el diseño de una España atractiva y renovada. Una España entendida como confluencia histórica y como proyecto colectivo de futuro. España como casa común. Un país en cuya arquitectura institucional y simbólica todos se sientan “como en casa”. Pero ese es otro tema y otro artículo.

Tenemos que pedirnos valentía. Tenemos que pedir también valentía a los líderes nacionalistas. La audacia de apostar por la palabra. Porque ahora la pelota está en su tejado. Pueden decidir mantener la partida de la confrontación. Pero deben recordar entonces que las cartas están marcadas y, en la Europa del siglo XXI, ganará siempre el Estado de derecho y la legalidad constitucional. Quizá prefieran negar la evidencia y fantasear con el futuro, como hacía el juez Vidal. Es su elección. Un día les pasará como a Vidal. Se mirarán ante el espejo de la realidad y se darán cuenta del ridículo de su relato. Entonces otearán atrás y al lado. Los amigos y las multitudes ya no les reconocerán y les tacharán de enajenados. Y una mañana cualquiera sus propios compañeros, hartos de fábulas, les dejarán caer con una fría y triste nota de prensa.

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